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Sur, países marxistas se desmarcan de Venezuela.

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América Latina sufre una nueva escalada de la presencia militar de los Estados Unidos de Norteamérica. Al amparo de la retórica de la cooperación en materia de seguridad y lucha contra el narcotráfico, Washington viene adelantando un plan de reposicionamiento en la región, de la mano de la restauración neoliberal: la judicialización de la política y los golpes blandos, la guerra mediática como estrategia de desinformación y mecanismo de control de la opinión pública y las nuevas alianzas instrumentales entre la derecha y las iglesias pentecostales, afines a la teología de la prosperidad. En los últimos meses, algunos acontecimientos ilustran la reconquista imperial en curso: la reciente firma de un convenio de cooperación entre Ecuador y Estados Unidos para la creación de una Unidad de Investigaciones Criminales Transnacionales y la visita de militares y asesores del Comando Sur a Quito -para conversar con las autoridades ecuatorianas -y “escuchar las ideas y preocupaciones de las autoridades de defensa civiles y militares)- alertan sobre un retroceso del gobierno de Lenin Moreno, en comparación con la política soberana desplegada por el expresidente Rafael Correa, quien tuvo como punto referencial el cierre de la base militar aérea estadounidense de Manta.
En Argentina, la DEA instalo una “fuerza de intervención” (task force) en Misiones, al norte del país, bajo el argumento de lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, según anunció Patricia Bullrich, durante una visita oficial a Washington. Y no olvidemos que actualmente, Estados Unidos lleva adelante en Panamá los ejercicios conocidos como Operación Nuevos Horizontes, con la presencia de 415 militares en el Istmo.
Asimismo, en noviembre de 2017, en la frontera entre Brasil, Colombia y Perú, se llevó a cabo la operación América Unida (Amazonlog 17), en coordinación con los ejércitos de esos tres países y las fuerzas estadounidenses.
Tanto en Panamá como en la Amazonia, la acción militar se desplegó bajo el supuesto de una intervención multinacional organizada para atender una “crisis humanitaria” -casualmente-, como la que se invoca una y otra vez para azuzar la situación política en Venezuela. Todo esto ocurre mientras contemplamos la crisis de Unasur, desatada por la decisión de seis gobiernos de derecha -Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú y Paraguay- de suspender su participación en el organismo suramericano.
Una crisis que, a su vez, es un capítulo de otra crisis mayor, la del proceso de integración regional múltiple, diversa y soberana, que empezó a forjarse en la primera década del siglo y permitió dar pasos hacia la construcción de una nueva arquitectura en las relaciones latinoamericanas y caribeñas, basadas en principios de complementariedad, solidaridad y reconocimiento de las asimetrías, así como las diversidades culturales y sociales; democratización de la vida social en todos sus ámbitos, soberanía y autodeterminación de los pueblos.
A la luz de los elementos y tendencias que configuran la actual coyuntura regional, sería preciso dar un matiz a tal afirmación: América Latina sí le importa a Trump y sus aliados, pero sólo como espacio de dominación, que se exhibe cual posesión y al que se gobierna con la ley del imperio para reconquistar una fractura que le tomó más de una década articular.
La posibilidad de que América Latina se constituya en una región más soberana e independiente, pasa por la unidad y la integración plenas. Una integración necesariamente contrahegemónica y sin tutelas externas. Como bien dice el historiador cubano Sergio Guerra Vilaboy, “la integración y la unidad de América Latina y el Caribe, en su enorme pluralidad, riqueza y matices, sigue siendo hoy, como ayer, todavía un hermoso sueño, al mismo tiempo que una apremiante necesidad histórica ante los desafíos del nuevo milenio”.
Entre las culturas aborígenes y los imperios anteriores a la colonización europea de América Latina, hubo conflictos y enfrentamientos que explican sus dinámicas sociales. En la época colonial, asimismo, se registraron constantes choques entre las distintas castas o clases que formaron parte de una jerarquizada estructura, expresamente diferenciada por las leyes y las instituciones impuestas por las potencias colonialistas.
Las independencias latinoamericanas marcaron un proceso de aguda confrontación que, finalmente, dio lugar al surgimiento de la veintena de nuevos países y Estados que ingresaron a la época contemporánea en la historia de la región. Pero, sobre todo, la trayectoria iniciada con el siglo XIX -extendida hasta nuestro presente-, es la que ha suscitado singular atención en la ciencia social latinoamericana porque el conflicto político entre distintos sectores sociales ha acompañado, en forma dramática, la construcción de los Estados nacionales.
Ahora bien -tal como ahora podemos comprender el papel de la conflictividad en la historia de América Latina-, los filósofos y pensadores europeos del siglo XIX observaron la larga historia de conflictos sociales en su continente. El nacimiento del capitalismo, ligado a la revolución industrial; el surgimiento del proletariado y la evolución producida a partir de la Revolución Francesa de 1789 fueron objeto de especiales reflexiones.
Entre esos pensadores figura Karl Marx (1818-1883), quien enraizó su pensamiento en el examen riguroso de la historia, un rasgo que caracterizó todas sus obras e investigaciones. Con fundamentación histórica, pudo llegar a esa revolucionaria concepción teórica, según la cual “el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual, en general” y, por tanto, la “anatomía” de la sociedad había que buscarla en la economía política, tesis resumida en su famoso Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política. Como lo destaqué en un artículo anterior, la economía es un factor determinante de largo plazo, no todo hecho económico explica los acontecimientos sociales ya que debe tener fuerza condicionante y, sin duda, la explicación científica tampoco descarta los procesos de la “superestructura”, término que sirvió a Marx para explicar, en forma metafórica, el edificio social, en el cual la economía es la “base”. Sin descartar que la economía actúa como condicionante, los hechos de la vida social se explican por la lucha de clases, en su dinámica inmediata.
Este es un concepto marxista, basado en el examen de la historia humana, que demuestra que, a cierto nivel de su desarrollo, aparecen clases sociales que se diferencian por el lugar que ocupan en el proceso de la producción material (no por el nivel de rentas o ingresos, como suele confundirse); que las clases sociales se movilizan en función de sus intereses específicos y que, por tanto, cómo esos intereses chocan unos con otros, cabe hablar de “lucha”.
Ahora, más allá de cualquier diferencia secundaria, es la lucha común por la supervivencia, frente a un mundo cada día más injusto, lo que debe hermanar a todos los países de América Latina y el Caribe en busca de la total soberanía y su completa independencia. Divide para vencer, porque Estados Unidos no quiere socios ni aliados en nuestra América, como lo llegó a insinuar el ex presidente Barack Obama, con su retórica y su praxis del smart power. Estados Unidos no pretende una relación de iguales porque jamás ha sido ese su objetivo: la Casa Blanca solo admite vasallos. Esa es la realidad. Esperar otra sería ingenuo.
La lucha de clases constituye, así, un proceso de larga duración en el tiempo porque la liberación social no se cumple de un momento a otro, sino que implica la acumulación de fuerzas, conciencia y voluntad para la “lucha”.
La lucha de clases es, entonces, una guía para la investigación social y para descubrir la naturaleza y raíces de los conflictos que se suscitan a diario y que, particularmente, se reflejan en la esfera de la vida política, en la cual, incluso, los individuos no actúan exclusivamente motivados por sus intereses personales sino como miembros -quiéranlo o no- de la clase social a la que se pertenece inexorablemente.
Al mismo tiempo cabe entender que el origen de clase puede ser negado por la posición de clase, como ocurrió en el caso de Federico Engels, inseparable compañero de Marx, quien siendo industrial y de origen claramente burgués, optó por la defensa de los intereses del proletariado, y renegó de su clase, para pasarse a las filas de otra.
Marx investigó el fenómeno de la lucha de clases, esencialmente referido a Europa. No estudió América Latina. Y, como teoría, al mismo tiempo que como método de estudio, el marxismo exige la investigación más rigurosa de las clases sociales y la lucha de clases en esta región, si se aspira a comprenderla en su propia historia y no a partir de los resultados a que llegó Marx examinando la historia europea.
El examen de la lucha de clases en América Latina ha sido la mayor guía en el marxismo de la región. Sin embargo, con demasiada frecuencia, ha servido para que predomine el análisis, en la esfera de la política, pero desde la óptica de los partidos marxistas que siempre privilegiaron los temas de la estrategia y la táctica para la toma del poder
Estos y otros procesos contemporáneos en América Latina exigen que el marxismo sea visto como método de investigación y análisis, que no se aplique dogmáticamente la categoría lucha de clases en forma indiscriminada, sin previo estudio de la estructura social, y que se insista en que la región tiene su historia propia y diferencias específicas, aún más con respecto a los análisis que Marx hizo para otro siglo y tomando como base las realidades europeas. Durante siglos la humanidad vivió convencida de que el cielo era un espacio geográfico encima de la Tierra. Cuando Galileo explicó que la Tierra no era el centro del universo, y que el sol no es más que una simple estrella en el conjunto infinito de astros, la Iglesia fue la primera en sentirse sacudida.
Así, es nuestra realidad geopolítica.
Ahora, los religiosos, desean ser líderes políticos y los pobres, exigen con justicia un mendrugo de pan. Es su propia historia, fuerza y voluntad de lucha. Otros, prefieren que el Estado los alimente y no se ocupan del trabajo creativo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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