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MIS SIRENAS EN ACUARELA Y PAPEL

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Fuente Literaria.
Cartas a Arthemis (7)
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En la placa del banco, extendí un papel blanco con mi cajita de colores que me regaló mi abuelo Celestino, empecé a dibujar mis sirenas y darle figura y rostro, todas de un color azul claro, en la bahía se encontraban cuatro barcos esperando atracar en el muelle y otros dos, esperando la orden de zarpar mar afuera, estaban muy alumbrados, era de noche, Celestino esperaba el viejo autobús que nos regresaría a Rancho Grande, tenía seis años de edad.
Cuando crecí, mi vida se multiplico en tres pasiones, la música, la literatura y la política. Mamá, hacía lo imposible para vestirme bien, trabajó lo que podía para llenarme de detalles, cuando nacieron mis hermanos todo cambio, ellos siempre me aborrecieron y me lanzaron al calzado, tía Luisa y su joven esposo, Juan Leones, que era un marino de la Armada, me criaron por años en su casa hasta que ingrese a la Universidad de Carabobo.
El aprendizaje es un esperar, La vida es un soñar, en el malecón corría de punta a punta sus espacios, luego me llevaban a la arepera de Briceño a consumir una arepa con una bebida, el aire marino y limpio me hizo bien en la salud, correteaba las gaviotas y corocoras que se acercaban a visualizar las sardinas y picotearlas para comer, es una rutina el día a día.
He estado pintando a la mujer y la convierto en sirena, le doy colores vivos, es la ilusión de ellas, son hermosas cuando las veo transitar por el Centro Comercial adquiriendo productos para sus hijos, darles un helado o un confite. Dicen que el hijo de Eva fue el travieso, pero, eso quedó atrás, ni la sombra de mis primas y amigas, solo me recuerdo de mi maestra que me llevó a un mitin de Rómulo Betancourt en Lagunillas, dentro de los muros de la Esso- Creole.
No tengo pensamiento de mi familia, todos se alejaron de mí. Por eso, no veo las nubes, ni pinto más sirenas, solo les escribo.
Mi existencia es de colores, la vegetación rica de La Fría, siempre me llevaba al Chama a pescar lambe piedras, luego los cocinaba y le quitaba algo de arroz a mi madre para comerlos, le dejaba los restos a una perrita fiel que bajaba conmigo al río para lanzar el anzuelo y sacar bagrecitos o con la mano manosear las piedras. Tenía derecho a tomarse su porción.
La Abuela Felicita, siempre esperaba al portón a mi abuelo, le servía sus alimentos y el me ofrecía un dulce que me traía del mercado municipal que quedaba cerca del mar. Algunas veces, nos llevaba al portugués y mandaba a batir una licuadora de cebada para mi primo Néstor y claro, mi persona. La tía Eli, me pagó junto a mamá los estudios en el Colegio La Salle. Quedaba junto al malecón viejo y al mediodía subía a robarle las manzanas y peras a los salesianos, uvas que venían en los vapores cruzando los mares. Puerto Cabello, posee una hermosa bahía, nací cerca de allí, a cinco minutos del mar, en el viejo hospital.
Me gusta Los Andes, todo es verde, en contraste con el azul del mar, mi amiga Carmen, desde el Vigía me llevó a conocer toda Mérida, antes le visitaba con papá y mi tío, cuando le llevaba cajas de comida a mis primas, ellas estudiaban en la Universidad de Los Andes, Olivia, la mayor siempre me enviaba un telegrama cuando cumplía años, luego se casó y se me olvidó de mí, Nora siempre me recibió en su casa y comía allá en ocasiones, Zenaida era la pequeña.
Bueno, en ese banco, los pensamientos vuelan como las gaviotas, pintaba a mis sirenas, ninguna quiso venirse conmigo porque eran de un yeso fuerte, solo descubrían sus miradas.
Son recuerdos, ninguna me enseño a pintar, mis dedos aprendieron por sí solos a descubrir sus miradas
Emiro Vera Suárez, 26 de Junio 2015

 

 

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