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Mis abuelos, entre tartas y columpios en el malecón de Puerto Cabello

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Fusión y Convivencias
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Así, desde aquí, les deseo a todos un Feliz Año 2020. Es legítimo ser agradecido y recordar a nuestros presidentes recientes, siempre, a las personas que nos dedican su tiempo.
La vida son gestos y actitudes. Aunque, a veces, todo es un vocablo que contradice nuestra existencia y nos impone mutismo y pasividad. Lo que importa, realmente, es el destino... Creo que todo es un hecho, que mientras es vivido, decide la responsabilidad que se revela con nuestro estado de ánimo.
Hoy es 13 de enero, y con ingenua conciencia, los afectos (durante los desayunos y las cenas) serán una causalidad auténtica que pondrá a todo nuestro ser patas arriba. Muchos reencuentros, serán el aprendizaje para deglutir el abismo (que con paciencia y entrega) soporta todo. En toda reunión familiar, aunque sea efímera, se percibe el fin doloroso y cruento de los más mayores.
Al saber que me toca escribir cada día, pensé en escribir un "Cuento de Navidad". Sí, de los que concitan y conmueven, y al final no dicen nada. También pensé en darle atención a las letras y a los sueños. E incluso me planteé darle un poco de ánimo a los políticos y compensarlos con "una buena sazonada". Pero ya ven, uno a veces es cuerda (sonrío) y mira de frente la vida...
Simplemente, hemos sido engañados.
Hoy, día, muchas sillas serán el torso desnudo de muchos seres queridos que ya no están. La muerte, es curioso, siempre deja a los nuestros suspendidos entre dos ángeles: amor y lealtad. Hay cosas que son extraordinarias, con sugestiva emoción mandan a paseo la realidad y nos sitúan en tiempos pasados. Me estoy acordando de mi abuela, junto al abuelo Celestino en Navidad, paseándome en el malecón de Puerto Cabello, yo descubrí la perplejidad de un juego (ahora desconocido) pero que en otras épocas estuvo muy en auge: los columpios. Siempre, todos los años en Navidad, ella me decía: "maracucho, te he guardado las lechitas". Yo, junto a la fuerza de sus manos arrugadas, aprendí a pintar La Biblia y juntas (durante mi infancia) fuimos el retrato más hermoso de la felicidad. A día de hoy, aquella época es el volumen de unos recuerdos que por consiguiente producen sombras y tristeza. La Navidad es la lágrima de felicidad no existente... Todos los años, nos guste o no, nos somete con recuerdos. Sí, los mismos que con alegre semblante nos acarician la cara y después se van. Tal vez a buscar la luz en el olvido para no hacernos sufrir...
Así, desde aquí, os deseo a todos un buen año. Es legítimo ser agradecido y recordar, siempre, a las personas que nos dedicaron su tiempo.
Un día me miré en el espejo y vi la malaleche del tiempo. Muchos de los problemas del mundo, como el hecho de que haya tantos hijos de perra gobernándolo, de todas las ideologías y religiones, son por los espejos.
Me imagino a Hitler, Mussolini o Franco mirándose en el espejo del cuarto de baño y viéndose sus caras de hijos de mala madre. O desnudos en las lunas de sus roperos, con los vientres abatidos y la piel tan blanca como una patena, enfermiza y mórbida. ¿A cuántas criaturitas de Dios no mandarían a matar después de verse en sus espejos y descubrir que eran seres repugnantes, odiados e idolatrados, pero repulsivos y sucios?
Sí, porque los espejos tienen su corazoncito y no son nada sumisos. Se rebelan a veces y hacen que nos veamos a nosotros mismos como somos realmente. También hay espejos que son unos lameculos de mucho cuidado, y unos falsos. Me imagino a Pedro Sánchez mirándose en el espejo de alguno de sus cuartos de baño junto a Pablo Iglesias, antes de acostarse, diciéndose así mismo: “Me importa un bledo que me pongan de traidor, mentiroso y falso, porque lo que hago lo hago por España, por mi país de países, de naciones dentro de una gran nación, esa que veo desde el Falcon como a vuelo de pájaro de mal agüero”.
Que le preguntaría mi abuelo Celestino y su esposa al espejo que tenia su casa de Rancho Grande frente al viejo lavamanos que daba paso al salón de baño. Luego, irse a las cuatro de la mañana al viejo mercado municipal de Playas Blanca a vender en su punto comercial. Es que antes, utilizaban los espejos como una manera de perpetuarse en el poder.
A Cecilia, siempre le recordare por su larga cabellera, fijándose en el espejo largo de su cuarto para ir luego a su peluquera para el secado, era una ritual de casi una hora y, como se batía el mismo, cuando conducía la camioneta que me llevó infinidad de veces a Colombia.


¿Qué le preguntará Maduro a sus espejos? Porque supongo que tendrá muchos repartidos por todo Miraflores y el Fuerte Tiuna, su verdadero hogar, como buen engreído y fatuo. Hasta cuando camina por la calle parece que se va mirando en grandes espejos. No sé si se han dado cuenta alguna vez, yo sí, que se va derritiendo de tanto como se gusta así mismo, como si fuera de mantequilla. ¿Pero y los espejos, le dirán algo al presidente en funciones? Algo como vergüenza le tendría que dar, vanidoso y embustero, por poner el país a los pies de los caballos intentando gobernar con El Coletas en connivencia con separatistas de mojones e iraníes. Sí, creo que los espejos de Miraflores son críticos con Moros, de ahí que haya hecho poner cientos de lunas por las calles de Venezuela que no tengan escaparates donde mirarse. Cuando Simón el vendedor de controles frente a la panadería, mira un escaparate de tortas, no es que esté viendo lo que venden en la tienda, sino viéndose a él mismo. “Un día me iré, o me echarán, y mi alma seguirá en los anaqueles de tortas, en los escaparates y en las cristalinas personas que veo en mi andar”.
Mamá, Eva me esperaba a las diez de la noche, dormido ya y solo le estrujaba mi meñique en su dentadura para reconocer que era ella, hasta un nuevo amanecer.
Que agradable es sentirse en libertad frente a los espejos, así éramos en Puerto Cabello, junto al río San Esteban pueblo, correteando entre las piedras y el sentir de tus trenzas negras, corriendo de un lugar a otro para recoger tus cosas y visitar a Doña Aurora, tu mamá, que bueno, pasar las mañanas entre gallinas, gallos y hablar algo con tu papá Leónidas
Ya se fue diciembre, así pasaran otros, más tristes, mientras estemos encerrados en este lodazal y no poder caminar entre los Chorros de Milla e ir al mercado para comprar una sábana que cubra mi cuerpo y ver el amanecer entre el espejo de tu rostro.
Sí, vivimos una infancia feliz y una vejez prematura, gracias a una dictadura buscada con conciencia de analfabetas, en Venezuela, todavía somos niños de pecho, llenos de ignorancia y sortilegios.
“Dios ha creado las noches que se arman
de sueños y las formas del espejo para que el hombre sienta que es reflejo
y vanidad. Por eso nos alarman”.

Me rodean cientos de personas que veo pasar, durante todo el año y sólo excluyendo la navidad, se pasan el día criticando a sus familiares. Sobre todo, a los postizos. Todo hay que decirlo. En el periodo navideño dejan de hablar mal de ellos para expresar su deseo de asesinarles empleando métodos que provoquen grandes padecimientos. Les toca viajar para cenar con la familia de él o de ella; les toca recibir a un batallón de cuñados, suegros, sobrinos, padres, hermanos o amigos. Cualquiera de las opciones es, sencillamente, horrorosa. Al menos, eso me hace pensar lo que escucho en cualquier rincón del mundo.
Manteles preciosos, un menú caro y suculento, buen vino o el lanzamiento masivo de petardos, no pueden evitar que muchos (pero muchos) teman la llegada de la nochebuena, la nochevieja o los días de navidad y año nuevo. El día del maestro. Y es que es inevitable que; después de estar despotricando un año entero, envenenándose con lo que dicen; logren dejar a un lado todo ese pasado, aunque las fechas se pinten como tiempo de paz, amor y solidaridad. El que es envidioso lo es todo el año; el que es un tacaño lo mismo; el que se cree el ombligo del mundo, igual.
No hace mucho, mientras tomaba un café, cogí una servilleta y pedí un bolígrafo al camarero del hotel Yacambú en Barquisimeto. Decidí anotar parentescos y ordenarlos para confeccionar una lista en la que aparecieran los más odiados. No sé si se puede considerar esto como algo científico, aunque llevó escuchando lo mismo más de cuarenta años y el muestreo es más que amplio. Qué más quisieran algunas empresas que se dedican a elaborar encuestas.
Veamos.
El primer puesto (indiscutible) es para los cuñados. Se cae el mito de la suegra. Es mucho peor la relación con los cuñados que con cualquier otro pariente. Creo yo que hay razones objetivas para decir esto. Son bastante gorrones. Además, he escuchado un millón de veces eso de este tío es medio tonto, se cree que es estupendo y, en realidad, es un imbécil. O eso tan bonito de menuda asquerosa, cómo tira para su familia, tiene un morro que no veas; no aparece en la vida y viene a dar clases la idiota. Aunque la razón más gruesa es otra. Los cuñados son los hermanos de nuestros maridos o esposas. Eso significa que, generalmente, sabrán (nuestras parejas se desahogan con ellos) cosas sobre nosotros que nunca deberían haber conocido. Eso provoca que nos miren con cara de póker (no puede ser de otra forma después de escuchar que somos unos no sé qué) y que nosotros queramos tenerlos lejos. La información es poder. Nadie quiere andar en boca de otros ni que sepan intimidades de alcoba los que no pintan nada en el asunto. La suma desemboca en una relación, cada vez, más superficial y fría. Reacciones como, por ejemplo, esconder el licor caro justo antes de la llegada de cuñados y cuñadas, está más que justificado. No debe olvidarse algo fundamental: todos somos cuñados.
Medalla de plata (esta vez sí) para los suegros. Cuando somos recién casados nos parece que meten las narices más de la cuenta en nuestra vida; cuando tenemos niños pensamos que todo lo que avanzamos en la educación de los enanos lo estropean con su falta de autoridad; cuando se hacen mayores nos parecen una molestia monumental. Concretamente, las suegras se llevan la mayor parte del botín. Porque meten las narices de forma especial, hacen lo que les viene en gana con los nietos y duran más que los suegros, lo que les convierte en el eterno problema.
Tercer puesto. Los hermanos. No todos, es verdad. Pero ¿en qué familia no hay un hermano que lleva dando el coñazo desde antes de nacer? Aparecen para pedir. Y, encima, los padres los reciben como si fueran dios o algo así; lo más de lo más. No asumen un problema ni, aunque les torturen, pero es lo que hay. En navidad, los hermanos comprometidos, los que están al pie del cañón no pueden creer lo que ven. Todo el año jodido y todas las leches para ellos. No hay derecho.
Cuarto y último puesto. Sobrinos. Esto ya es otra cosa. Aquí no hay odios, pero ocurre una cosa muy curiosa. Como los hijos propios son los más guapos, los más educados, los más listos y los más cariñosos; se produce una tendencia a ver en ellos posibles macarras, fracasados en la enseñanza y cosas así. Ah, y esa belleza de la que hablan sus papás no la vemos por ningún lado.
Pues bien, todos juntitos el día veinticuatro y treinta y uno de diciembre. A reír, a cantar, a felicitar las Pascuas y a entregar regalitos. (No puedo evitarlo: ¿No es grotesco que la cuñada más tonta de la familia llegue cargada de juguetes comprados en una tienda de todo a cien y lo intente colocar como el locurón en regalos de navidad?).
Oh, qué maravilla de fiestas. Y qué cuajo tenemos. No somos hipócritas Ya es enero, a pagar impuestos en este madre de pobreza por los salarios.
*Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores de Venezuela.

 

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