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El affaire de controlar territorialmente a Venezuela

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El Reloj del Tiempo
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* Venezuela es traicionada por sus soldados y generalato
Asia y África, desean imponerse en el Continente latinoamericano y EEUU, busca la manera de neutralizar nuevas alianzas comunistas que, utilizan una campaña mediática atroz y el populismo para afianzarse del poder y, luego fusilar o matar a quienes, le apoyaban con anterioridad. Estos compromisos, conllevan a un pacto militar y la reanudación de combates en zonas de grandes fuentes energéticas. De verdad, existe un compromiso de Rusia y China para apoderarse de Venezuela y controlar sus fuertes fuentes de riquezas.
La lucha contra el terrorismo no es fácil, a los jóvenes lo motivan a ser homosexuales y gay. A las niñas, a través de campañas, la llevan al lesbianismo y, al final le ponen como mascota un pequeño perro que se acuesta con ella y, le sigue a todas partes.
La relación estratégica con la UE está en tensión, aunque Trump reconoce la vigencia de la OTAN.

. En diálogos con el presidente del gobierno español (Rajoy) y el líder turco (Erdogan) hizo la misma afirmación, me refiero a Donald Trump. La reanudación de los combates en Ucrania del Este mostró la limitación del trío Putin-Merkel-Hollande- Macron para impedirlo. El presidente ucraniano (Proshenko) se declaró abandonado por occidente, tras lo cual una comunicación telefónica con Trump lo contuvo.
La reacción de China es fuerte contra Estados Unidos de Norteamérica en lo militar, pero, a nivel diplomático se llevan bien por el aspecto comercial, hilvanan cadenas de comercios para crear con la banca, verdaderas mafias que trastornan las posiciones políticas, como ideológicas.
Pero, ¿tiene Europa una identidad? No es casual que se haya decidido celebrar ahora funerales de Estado con el ropaje de todas las solemnidades, ornatos y discursos: la identidad se construye a partir de símbolos. Y de sobra sabemos que no hay nada que se parezca a “un pueblo europeo”, menos aún en un contexto de repliegue nacional. Parecería que sin ese espíritu popular es imposible armar una identidad colectiva, aunque sea artificiosa, como lo son todos los sentimientos de pertenencia.
José Luis Zapatero, no volverá a encarnar. Infectó de árabes el sur de España, lo que hoy es Cataluña, hasta las fronteras. Precisamente, ya hay conflicto con los terroristas islámicos en tierra de los reyes. Es una verdadera escalera mesiánica de gente de derecha e izquierda, buscando controlar el territorio. Hay que ver la trayectoria política de los grupos anárquicos en Europa, hasta Emmanuelle Macron desea influir, aunque es un joven dirigente con leyes sagradas y una posición escéptica con los grupos económicos y políticos que se reúnen en República Dominicana.
Había que ver la influencia de Tony Blair, quien estuvo un tiempo en el Medio Oriente, asesorando grupos políticos de su parecer ideológico de La Tercera Vía.
Pero, ¿tiene Europa una identidad? No es casual que se haya decidido celebrar ahora funerales de Estado con el ropaje de todas las solemnidades, ornatos y discursos: la identidad se construye a partir de símbolos. Y de sobra sabemos que no hay nada que se parezca a “un pueblo europeo”, menos aún en un contexto de repliegue nacional. Parecería que sin ese espíritu popular es imposible armar una identidad colectiva, aunque sea artificiosa, como lo son todos los sentimientos de pertenencia.
Porque Europa no es una nación a gran escala, y si tiene sentido cimentar una idea política de copertenencia que salve las fronteras de las celebradas naciones, debería edificarse desde los valores que aspira a encarnar. Los sentimientos sólo tienen conciencia local, y sobre ellos se construyó la autoridad de la nación. Las ideas de racionalidad, justicia, democracia o libertad no suelen invocarse en las exhortaciones patrióticas, y es por ello que las vidas de Veil y Kohl son el ejemplo de que es posible abrir otros caminos que llenen de convicciones un destino político compartido.
Hay un repliegue histórico frente al conflicto soberanía/democracia
De momento, ha sido el único aspirante capaz de salir del marco nacionalista definido por Le Pen. Su proyecto no coquetea con la moralizante y reaccionaria propuesta de la soberanía y el repliegue patriótico, sino que apuesta explícitamente por llenar de contenido soberano una Europa supranacional.
Macron apuesta por el eje pasado/futuro: apela a una revolución democrática que nutra en positivo el porvenir, reempoderando a una entidad que no se detiene en los límites del Estado nacional. Hasta Habermas (¡quién lo diría!) asoma la nariz en su discurso, que anima a reformular el capitalismo global fortaleciendo Europa frente a la melancólica búsqueda de lo perdido. Si cala, quizás podamos comenzar un nuevo relato, menos maniqueo que enfrente el miedo con cierto grado de esperanza cosmopolita.
Pero no conviene caer en triunfalismo alguno. Si la salida “postribal” incluye a izquierda, derecha y centro, y Macron reina, ¿quién será su oposición? La apuesta es ciertamente arriesgada, y subestima la potencia futura, cargada de paciencia, del frente lepenista. Porque no hay gobierno democrático posible sin alternativa democrática. El reto no será instituir un Gobierno, sino impedir que Le Pen sea su única oposición viable. Sin alternativa política, todo tornará de nuevo en esteticismo existencialista, sublimando cualquier confrontación de ideas o propuestas en la búsqueda de un nuevo Dreyfus, ese eterno “otro” al que odiar.
Porque Europa no es una nación a gran escala, y si tiene sentido cimentar una idea política de copertenencia que salve las fronteras de nuestras celebradas naciones, debería edificarse desde los valores que aspira a encarnar. Los sentimientos sólo tienen conciencia local, y sobre ellos se construyó la autoridad de la nación. Pero, ¿tiene Europa una identidad? No es casual que se haya decidido celebrar ahora funerales de Estado con el ropaje de todas las solemnidades, ornatos y discursos: la identidad se construye a partir de símbolos. Y de sobra sabemos que no hay nada que se parezca a “un pueblo europeo”, menos aún en un contexto de repliegue nacional. Parecería que sin ese espíritu popular es imposible armar una identidad colectiva, aunque sea artificiosa, como lo son todos los sentimientos de pertenencia.
Porque Europa no es una nación a gran escala, y si tiene sentido cimentar una idea política de copertenencia que salve las fronteras de nuestras celebradas naciones, debería edificarse desde los valores que aspira a encarnar. Los sentimientos sólo tienen conciencia local, y sobre ellos se construyó la autoridad de la nación. Las ideas de racionalidad, justicia, democracia o libertad no suelen invocarse en las exhortaciones patrióticas, y es por ello que las vidas de Veil y Kohl son el ejemplo de que es posible abrir otros caminos que llenen de convicciones un destino político compartido. Mientras el Frente Nacional sigue atrayendo hacia su imparable escalera mesiánica a los “insumisos” de izquierda y derecha, miramos entre escépticos y esperanzados el todavía endeble dique de ese nuevo “centro radical” capitaneado por el enfant Macron. El candidato ni-ni (ni de izquierda ni de derecha, ni partido ni primarias) ha roto él también algunas reglas sagradas de la Republique: pasa al segundo tour sin apenas trayectoria política y con menos canas que Luis Bonaparte. Omitiendo las angustias de la renovada nostalgia estatalista, desconocemos si, victoria mediante, será una especie de Tony Blair bis o un verdadero innovador.
De momento, ha sido el único aspirante capaz de salir del marco nacionalista definido por Le Pen. Su proyecto no coquetea con la moralizante y reaccionaria propuesta de la soberanía y el repliegue patriótico, sino que apuesta explícitamente por llenar de contenido soberano una Europa supranacional.
Frente al conflicto soberanía/democracia, Macron apuesta por el eje pasado/futuro: apela a una revolución democrática que nutra en positivo el porvenir, reempoderando a una entidad que no se detiene en los límites del Estado nacional. Hasta Habermas (¡quién lo diría!) asoma la nariz en su discurso, que anima a reformular el capitalismo global fortaleciendo Europa frente a la melancólica búsqueda de lo perdido. Si cala, quizás podamos comenzar un nuevo relato menos maniqueo que enfrente el miedo con cierto grado de esperanza cosmopolita.
Pero no conviene caer en triunfalismo alguno. Si la salida “postribal” incluye a izquierda, derecha y centro, y Macron reina, ¿quién será su oposición? La apuesta es ciertamente arriesgada, y subestima la potencia futura, cargada de paciencia, del frente lepenista. Porque no hay gobierno democrático posible sin alternativa democrática. El reto no será instituir un Gobierno, sino impedir que Le Pen sea su única oposición viable. Sin alternativa política, todo tornará de nuevo en esteticismo existencialista, sublimando cualquier confrontación de ideas o propuestas en la búsqueda de un nuevo Dreyfus, ese eterno “otro” al que odiar.
De momento, ha sido el único aspirante capaz de salir del marco nacionalista definido por Le Pen. Su proyecto no coquetea con la moralizante y reaccionaria propuesta de la soberanía y el repliegue patriótico, sino que apuesta explícitamente por llenar de contenido soberano una Europa supranacional.
¿Cuál es el significado visceral al que dieron resonancia? Ambos son emblemas regresivos y consoladores en busca de algo perdido; promesas del pasado ante los atemorizadores cambios contemporáneos. Sin embargo, a pesar del esfuerzo por recrear la realidad, esta siempre se impone. Y así, en el camino hacia el refugio identitario, Reino Unido se topó con un periodo transicional que la obliga a mantener temporalmente su estatus con la Unión Europea, pero sin voto en Bruselas.
Son los problemas de marcar una hoja de ruta hacia el pasado: cuando el futuro llega, no hay plan. Y hasta que lo haya, el añorado viejo imperio deberá seguir bajo la jurisdicción de los tribunales europeos, aceptando la libre circulación y contribuyendo al presupuesto comunitario, pero sin capacidad de influencia. Lo mismo Trump, que buscó la autoafirmación en un enemigo y la encontró en el simbolismo de Obama. Cualquier proceso de identificación exige una oposición. Sin embargo, después de convertir el obamacare en una de sus promesas estrella, ha sido incapaz de construir una mayoría que acabe con él.
Las ficciones siempre chocan con la realidad, y estos ejemplos nos advierten sobre el régimen de la promesa regresiva. El campo político es el lugar desde donde explorar la realidad y concebir y gestionar el horizonte de expectativas que llamamos futuro. Quizás los emblemas de autoafirmación produzcan movilizaciones políticas, pero son palabras que nacen muertas. Captar estados emocionales no implica describir qué es lo que la gente está viviendo sensiblemente, y sin eso, no hay forma posible de organizar el mundo y mostrar un rumbo o esbozar un horizonte. Esto ocurre cuando el lenguaje político se transforma en pura charlatanería.

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